Poco conocía de esta señora. Señora por lo que proyectaba. Por esa imagen de manos cuidadas, calvicie incipiente, de labios cargados de labial punzó y vestuario sobrio. Esa imagen que devino de un pasado turbulento, de uñas raídas, de soriasis en el rostro y de suciedad se mire por donde se la mire. Pero había algo que brillaba más allá de todo el polvo que la cubría, de ese semblante enfermizo, sobretodo más allá de lo opaco de su existir: su voz.
Y qué familiar que me era esa voz. Eso sí que reconocí. Y cuando uno encuentra en la baulera de la memoria recuerdos así, que ni sabía que los tenía, que no son del todo claros, del todo precisos, que no se traducen en imágenes sino en sensaciones, ahí es cuando la nostalgia es más fuerte. Y la nostalgia siempre pesa. Siempre. Por qué pesa tanto? Porque uno recuerda. Y los recuerdos alteran realidades. Las hacen mágicas y encantadoras. A tal punto que uno añora eso que quedó atrás. Y como quedó atrás y es algo probablemente irrepetible, esa nostalgia trae angustia y dios* no quiera que esa angustia nos ponga melancólicos. Porque ése es un viaje de ida.
Pero no sólo es nostalgia lo que se dispara en el ánimo del espectador. Es amor y desamor. Ilusión, esperanza y pasión. Locura, ahogo y muerte. Pero no hablo de una muerte liberadora, de la muerte física que no sé porqué los humanos nos empeñamos tanto en temer. Hablo de una muerte más dura, una suerte de muerte en vida. Cuando el corazón dice “no más”, dejando el cuerpo a la deriva, como un envoltorio que se mueve ante los caprichos del viento y dejando también la mente en un plano que roza la esquizofrenia. Eyectándonos cada vez que queremos salir de esta nueva realidad que nos aturde y volver a aquella realidad que nos reconfortaba, que nos equilibraba, que nos daba no tanto felicidad, sino paz.
Cómo una película de poco más de dos horas puede despertar tantas emociones, tan fuertes, tan agobiantes, tan sofocantes dejando anudado el pecho y la mirada perdida?
Simple: prueben con una historia como la de Edith Piaf interpretada por una actriz como Marion Cottilard y ya verán.
Y qué familiar que me era esa voz. Eso sí que reconocí. Y cuando uno encuentra en la baulera de la memoria recuerdos así, que ni sabía que los tenía, que no son del todo claros, del todo precisos, que no se traducen en imágenes sino en sensaciones, ahí es cuando la nostalgia es más fuerte. Y la nostalgia siempre pesa. Siempre. Por qué pesa tanto? Porque uno recuerda. Y los recuerdos alteran realidades. Las hacen mágicas y encantadoras. A tal punto que uno añora eso que quedó atrás. Y como quedó atrás y es algo probablemente irrepetible, esa nostalgia trae angustia y dios* no quiera que esa angustia nos ponga melancólicos. Porque ése es un viaje de ida.Pero no sólo es nostalgia lo que se dispara en el ánimo del espectador. Es amor y desamor. Ilusión, esperanza y pasión. Locura, ahogo y muerte. Pero no hablo de una muerte liberadora, de la muerte física que no sé porqué los humanos nos empeñamos tanto en temer. Hablo de una muerte más dura, una suerte de muerte en vida. Cuando el corazón dice “no más”, dejando el cuerpo a la deriva, como un envoltorio que se mueve ante los caprichos del viento y dejando también la mente en un plano que roza la esquizofrenia. Eyectándonos cada vez que queremos salir de esta nueva realidad que nos aturde y volver a aquella realidad que nos reconfortaba, que nos equilibraba, que nos daba no tanto felicidad, sino paz.
Cómo una película de poco más de dos horas puede despertar tantas emociones, tan fuertes, tan agobiantes, tan sofocantes dejando anudado el pecho y la mirada perdida?Simple: prueben con una historia como la de Edith Piaf interpretada por una actriz como Marion Cottilard y ya verán.
5 mostacholes (con salsa y mucho queso de rayar pero del posta, no de paquete)
*recurso utilizado quizá para contribuir a la estructura poética de la frase del que no se infiere creencia alguna del autor.
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